Educadores, intervenimos demasiado

Published: May 26, 2025

Modified: May 11, 2026

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Cuidar de tu hijo implica tomar decisiones constante e instantáneamente sobre qué dejar hacer y qué no. Un subconjunto de esas decisiones es sobre cuál es el momento apropiado para intervenir. ¿Le quito ese cuchillo desafilado? ¿Debería permitirle correr cuesta abajo así, sabiendo que es probable que se caiga? ¿Hasta cuándo les dejo seguir discutiendo por ese juguete? Creo que la gran mayoría de los adultos, incluso aquellos que nos creemos modernos y libertarios, intervenimos demasiadas veces y demasiado pronto.

No siempre he pensado eso. Antes de ser padre, cada vez que un niño se portaba "mal" observaba la escena con cierta ojeriza y un vago sentimiento de superioridad. Me decía a mí mismo que no dejaría que eso me pasara con mi hijo, que pondría reglas claras y robustas y que intervendría inmediatamente ante cualquier señal de que algo se fuese a torcer.

Mi punto de vista cambió, inevitablemente, cuando tuve a mi hijo. Es imposible no ablandarse con una criaturita que tiene la piel tan suave y hace esos ruiditos célicos. Por pura intuición, me convertí en un padre bastante más libertario de lo que creía que iba a ser. Pero un día mi opinión volvió a cambiar.

Aquel día fui a recoger a la guardería a L, que tendría a la sazón poco más de un año. Llevaba una semana protestando cada vez que le ponía los zapatos para salir a la calle (en su guardería van descalzos). Hacía especial frío, y L protestó especialmente. Me di por vencido, más desesperado que enfadado porque me desobedecía, y dejé que saliera descalzo. Uno, dos, tres pasos. Al cuarto se paró y me miró. "¿Quieres los zapatos?", le pregunté. Esforzándose por recoger los deditos de los pies por lo frío que estaba el suelo, asintió y se sentó en el suelo inmediatamente para que pudiera ponérselos.1

Venga, voy a intentar hablar con propiedad. Definamos como intervención cualquier interposición por parte de un adulto entre una acción que ejecuta el niño y su consecuencia natural. En mi experiencia reveladora con los zapatos, por ejemplo, yo estaba tratando de intervenir entre la acción (salir a la calle sin zapatos) y su consecuencia (pies fríos).

El problema principal de las intervenciones es que, por definición, obstruyen el flujo de información entre una acción y su consecuencia. Por consiguiente, dificultan o incluso impiden que el niño pueda deducir una regla. Porque ¿qué es lo que están aprendiendo realmente cuando intervenimos? Si obligo a mi hijo a ponerse los zapatos, esta es la secuencia desde su punto de vista: aita dice que nos vamos a ir, aita señala zapato efusiva e insistentemente a pesar de mi protesta efusiva e insistente, poner zapato, aita contento. En el mejor de los casos, la regla que internaliza es que se tiene que poner los zapatos cada vez que nos vamos y que yo le insisto. Pero el resultado puede ser peor: puede que no haya visto la conexión entre salir a la calle y ponerse los zapatos, y que solo se los haya puesto porque entendía que así íbamos a dejar de estar tan enfadados. Consideremos, en cambio, qué nos sucedió aquel día a mi hijo y a mí. No le obligué a ponerse los zapatos y aprendió que se los quiere poner porque como resultado obtuvo unos pies más calientes. Esto es, dedujo una regla sobre cómo funciona el mundo a partir de su propia experiencia: suelo frío, poner zapato, ¡zapato aísla!.

Las intervenciones no sólo confunden al niño, también pueden confundir al adulto. Para poder verificar si han aprendido a ponerse los zapatos cuando vamos a salir a la calle, tenemos que dejar que salgan y ver si se acuerdan de ponérselos. La intervención constante no permite comprobar nunca si la regla subyacente ha sido aprendida o no.

Confundir la consecuencia es pues el problema principal de una intervención aislada. Pero es con el transcurrir del tiempo y la suma de intervenciones que aflora el segundo problema: la gestión de múltiples intervenciones y reglas.2

Cada nueva intervención es una deuda futura. Cada vez que queramos que se pongan los zapatos tendremos que volver a repetir la escenita con la misma efusividad. Y esto se vuelve rápidamente contra nosotros, porque cada vez que no tenemos las fuerzas de intervenir como lo hicimos el primer día suceden dos cosas. La primera, que la causa y el efecto se vuelven a confundir: el día que no intervenimos, el efecto ya no es el que había sido hasta ese momento. Con suerte, si estás suficientemente cansado como para no hacer nada y el feedback de la acción es suficientemente claro y rápido (más sobre esto después), el niño aprende la causa real de su acción a pesar de las intervenciones anteriores. Eso es lo que me sucedió a mí con los zapatos. Pero si no, puede resultar en todavía más confusión, sobre todo si la no-intervención tampoco es constante en el futuro. La segunda cosa que sucede es que el acuerdo tácito por el que tu hijo te tiene que obedecer se deteriora. Si su acción ahora ya no tiene consecuencias, ¿por qué antes sí que las tenía? Con las reglas, igual que con las broncas, cuantas menos haya más en serio se toman.
Cada vez que añadimos una nueva regla a la Compleja Red De Normas Que Evitan Que Nuestra Familia Sea El Caos, estamos disminuyendo la probabilidad de que el resto de las normas se cumplan en el futuro3. La creación de nuevas intervenciones nos empuja, en círculo vicioso, a ser padres helicóptero.

Incluso los cuidadores que tengan un gusto mayor que el mío por poner normas y a los que no hayan persuadido los argumentos anteriores harían bien en probar a intervenir menos por razones meramente prácticas. Igual que sucedió con nuestra escena de los zapatos, muchas veces resulta que la situación se resuelve por sí sola, sin intervención alguna. De ser así, la no-intervención requiere objetivamente menos recursos que su alternativa: hay menos peleas y menos esfuerzo en general.

Consideremos también el siguiente efecto, más especulativo: que a la larga, las intervenciones minen su confianza en sí mismos y la capacidad para afrontar problemas que no han visto antes. Unos educadores realmente intervencionistas refuerzan constantemente la idea de que cada dificultad que se encuentren en el mundo tiene que ser dirigida y resuelta por ellos.

Toma de decisiones: peligro y feedback

Hasta ahí mi argumentación en contra de la intervención temprana; no insisto más. Pero, en la vida real, tanto los adultos a los que haya persuadido como a los que no tienen, al fin y al cabo, que intervenir de vez en cuando. ¿Cómo decidir cuándo hacerlo? ¿Cómo decidir dónde pone cada uno la raya? Las dos propiedades clave son: i) el peligro que conlleva la acción y ii) la velocidad y precisión con la que el niño percibe su consecuencia.

Empecemos por la más obvia: el peligro. Hay acciones en todo el espectro de peligrosidad. Hay cosas que no entrañan ningún peligro, y otras que tienen un peligro de muerte. Cómo actuar ante estos extremos es obvio para cualquier cuidador. No creo que nadie, por muy intervencionista que sea, sienta la necesidad irrefrenable de intervenir cuando su hijo está jugando tranquilamente4. Igualmente, por muy ácrata que uno sea y por muy formativa que la experiencia pudiera ser, nadie dejaría a su hijo experimentar la consecuencia de tragarse una pila. Cuando las situaciones son totalmente inocuas o realmente peligrosas, evaluar el peligro es suficiente para saber si se debe o no intervenir.5

Lo interesante, pues, está en las zonas grises. Es ahí donde creo que considerar la velocidad y la precisión del feedback puede aclarar la decisión. Cuanto más rápida y más precisa sea la consecuencia de una acción, más claro va a ser el aprendizaje y, por tanto, más deberíamos de abstenernos de intervenir. Consideremos por ejemplo el caso de dejarles que se metan comida caliente a la boca. ¿Deberíamos intervenir? Primero, nos damos cuenta de que no hay un gran peligro (al menos cuando la comida no está tan caliente como para que tenga lesiones). Segundo, el feedback de ejecutar la acción es muy rápido y preciso: la boca quema, y lo hace inmediatamente. Este es el ejemplo perfecto de un caso en el que una intervención sería perjudicial.

En cambio, evaluemos la situación que he descrito antes: salir a la calle descalzo. Esta entraña algún peligro más (podría haber cristales en el suelo), y el feedback puede no ser tan claro (puede que pisar el suelo descalzo no sea desagradable). Por eso, a pesar de mi querencia por dejarles salir descalzos, tengo que admitir que el éxito de la no-intervención en este caso es más improbable.

Venga, os hago un croquis.

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(Comprobación de que me he explicado bien: dado que se aprende mejor cuando el feedback es más preciso y rápido, la línea de intervención, que delimita lo que cada uno considera que se debe intervenir de lo que no, debería estar como está en el dibujo: inclinada hacia la derecha).

Una manera de entender el progreso de la autonomía de un niño es mirar cuántas cosas superan la linea de intervención (ver croquis). De hecho, uno de los objetivos de la educación es, precisamente, que la línea de intervención desaparezca por completo: queremos que los niños lleguen a ser autónomos. A la vista de que mi recomendación concuerda exactamente con el objetivo final, me da la sensación de que he gastado vuestro tiempo y el mío en una obviedad. Debería haber sido al revés: deberían ser aquellos que piensen que las intervenciones son beneficiosas para fomentar la autonomía de los niños los que deberían tener la responsabilidad de demostrarlo. Al fin y al cabo, defender esa idea equivale a afirmar que la línea de intervención se mueve más rápidamente (o más adecuadamente) hacia la derecha si se insiste en que no lo haga.

Hasta la próxima,

Iñaki


  1. Aquí exagero un poco la capacidad pedagógica de una sola iteración. Es cierto que mi hijo hizo eso, pero también lo es que, por supuesto, el aprendizaje puede necesitar varias lecciones. Mi hijo no pidió ponerse los zapatos antes de salir al día siguiente. Hubo incluso un día que hizo casi toda la calle, de arriba abajo, descalzo. Ahí casi me di por vencido. Pero no lo hice, y hoy es el día que mi hijo se pone los zapatos tan bien como cualquier otro al que le hayan enseñado la regla: pide ponerse los zapatos antes de salir, o, por lo menos, suele aceptar si se lo pido.↩︎

  2. Las intervenciones son siempre debidas a una regla subyacente que el niño no conoce o que no está implementando. Intervenimos para reforzar una regla. He limitado este post a hablar de las intervenciones, pero esta parte de la argumentación es aplicable a las reglas en general.↩︎

  3. Uno de los argumentos habituales a favor de poner más reglas es que acostumbra al niño a seguirlas: de alguna manera, el niño aprende la meta-habilidad de ser dócil, independientemente de cuál sea la norma. No niego que eso pueda ser verdad. Pero en este punto he mostrado una dinámica que va en la dirección opuesta, es decir, que más normas equivale a menos obediencia. La resolución de la aparente contradicción es que, aunque acostumbrar a la docilidad pueda ser beneficioso a corto plazo, no lo es a largo plazo. Como en otras áreas de nuestra vida, creo que también en este caso sobrestimamos los efectos a la corta y los subestimamos a la larga.↩︎

  4. ¡Y sin embargo, también aquí metemos más baza de lo necesario! Me sigo sorprendiendo a mí mismo terminando los puzzles que mi hijo no atina a hacer después de algunos intentos, o a indicarle cómo debe jugar con un juguete.↩︎

  5. Un apunte: meter los zapatos en un charco en un día de verano no es un peligro, aunque pueda ser un engorro. Es decir, en mi esquema, "peligro de que se mojen los zapatos" no es un peligro real. Dicho eso, que cada uno otorgue el peso que quiera a esas dos propiedades (peligro e inconveniencia). Si después de haber hecho esta distinción alguien decide que hay que intervenir para que no metan los pies en el agua, no seré yo quien lo detenga. Pero debemos ser honestos diferenciando entre peligro (para el niño) e inconveniencia (para nosotros).↩︎